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Discípulos de corazón

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
6to Domingo T.O. 26

6to Domingo del Tiempo Ordinario. Discípulos de Corazón

Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo:
“No cometerás adulterio”.

Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.

Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Reflexión:

El pasaje del evagelio del sexto domingo del Tiempo Ordinario, nos sitúa aún en el corazón del Sermón del Monte, mientras nos acercamos ya a la Cuaresma que comenzará el próximo miércoles. En los domingos anteriores hemos contemplado cómo Jesús de Nazaret se ha revelado como la luz de los pueblos, el hijo Amando del Padre, el Cordero de Dios, el maestro de las Bienaventuranzas que nos llama a una misión. Hoy su palabra da un paso más profundo: no solo anuncia el Reino, sino que revela la hondura de la vida nueva que ese Reino exige.

En el centro de esta enseñanza, tal como lo transmite Mateo, resuena una afirmación que desmonta toda lectura superficial del cristianismo: “No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento”. Jesús no aparece como un reformador que descarta el pasado, ni como un revolucionario que rompe con la tradición de Israel. Se presenta, más bien, como quien lleva la historia de la salvación a su plenitud. En Él, la Ley no se debilita: se revela en su sentido más profundo.

Aquí la palabra cumplir es clave. No significa simplemente obedecer normas externas, sino revelar su intención última. La Ley había sido dada como camino de vida, pero podía reducirse a una observancia formal e hipócrita, como ilustra el proceder de los fariseos. Jesús la devuelve a su centro: el corazón humano. Allí donde nace la intención, donde se decide el amor o el rechazo, allí comienza la verdadera fidelidad a Dios. La “justicia mayor” de la que habla el Señor no es un rigorismo más exigente, sino una coherencia interior que transforma la persona desde dentro.

Esta plenitud alcanza una expresión concreta cuando Jesús dice: “Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no”. En el mundo antiguo, el juramento servía para garantizar la verdad ante la desconfianza. Pero el discípulo del Reino está llamado a una transparencia tal que nuestro "sí" sea tan confiable como el juramento más solemne. Podemos examinarnos: ¿Pesa mi palabra? ¿Soy alguien en quien los demás pueden confiar a ciegas, o necesito siempre justificarme y prometer para que me crean? La verdad no se protege con artificios; brota de un corazón unificado. Donde hay integridad, la palabra es fiable sin añadidos.

Aquí se nos revela una dimensión esencial de la santidad cristiana. No es una acumulación de prácticas externas ni una imagen impecable ante los demás. Es unidad interior. Es vivir de tal modo que no exista fractura entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Cuando el corazón está dividido, la palabra necesita adornos; cuando el corazón es íntegro, la palabra es sencilla y luminosa.

En un tiempo marcado por la ambigüedad y el relativismo, el Evangelio nos llama a recuperar la transparencia del discípulo. La palabra de Jesús no es una nueva ley que nos aplasta, sino una invitación a la libertad de los hijos de Dios. Solo quien ha experimentado la gracia puede atreverse a vivir con esa transparencia radical. Porque sabemos que cuando fallamos —y fallaremos— no estamos ante un juez que condena, sino ante un Padre que mira el corazón y sigue trabajando en nosotros.

Oración:

Señor, concédenos la valentía de abandonar las máscaras y abrazar la integridad para que nuestras palabras sean un reflejo fiel de tu verdad. Amén.                   

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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