La empatía de Jesús
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
5to Domingo Cuaresma. La empatía de Jesús
Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.
Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Reflexión:
En este quinto domingo de Cuaresma, a las puertas del Domingo de Ramos, la Iglesia nos sitúa ante uno de los relatos más conmovedores del Evangelio de Juan: la resurrección de Lázaro. No es casualidad. Estamos entrando en el umbral del misterio pascual, donde la vida y la muerte se enfrentarán de manera definitiva. Este signo anticipa lo que celebraremos en pocos días: que Dios no es un espectador del dolor humano, sino que entra en él para transformarlo desde dentro.
El evangelio de hoy guarda una profunda conexión con el del domingo pasado, el del ciego de nacimiento. En ambos casos, Jesús rompe una idea muy arraigada: el sufrimiento no es castigo por el pecado. Ni la ceguera, ni la muerte de Lázaro son consecuencia de una culpa personal, sino ocasión para que se manifieste la gloria de Dios. Esto nos interpela profundamente, porque muchas veces seguimos preguntándonos “¿por qué?” ante el dolor. Jesús no responde con teorías, sino con presencia y acción: transforma el “por qué” en un “para qué”, abriendo un horizonte de sentido incluso en medio de la oscuridad.
Pero quizá, más impactante que el milagro narrado en este pasaje, es la descripción de los sentimientos de Jesús. El evangelista subraya con fuerza que Jesús se conmueve, se estremece interiormente y llega incluso a llorar. No estamos ante un Dios distante o impasible, sino ante un Dios que empático, que se deja afectar por el dolor humano. Jesús no se limita a consolar desde fuera, sino que entra en el dolor de Marta y María, lo hace suyo. Sus lágrimas son profundamente reveladoras: Dios llora con nosotros. En un mundo donde tantas veces se banaliza el sufrimiento o se evita, Jesús nos muestra que la verdadera respuesta comienza por la empatía.
Este detalle cambia drásticamente nuestra imagen de Dios y también nuestra forma de vivir la fe. Creer en Cristo no significa evadir el dolor, sino descubrir que nunca estamos solos en él. Jesús no llega a Betania con prisa para evitar la muerte, sino que llega para encontrarse con quienes sufren. Y allí, en medio de las lágrimas, pronuncia una palabra de vida. La resurrección de Lázaro no borra el sufrimiento previo, pero lo atraviesa y lo transforma. Así también nuestras propias muertes —las pérdidas, las frustraciones, las heridas— pueden convertirse en lugar de encuentro con un Dios que nos llama a salir fuera.
A medida que nos acercamos a la Semana Santa, este pasaje del evangelio nos invita a mirar a Jesús con una confianza renovada. El mismo que lloró ante la tumba de su amigo es el que, pocos días después, entregará su vida en la cruz. Su poder no se manifiesta desde la distancia, sino desde el amor que se involucra hasta el extremo. Hoy, la pregunta que resuena en nuestro corazón es la misma que Jesús dirige a Marta: “¿Crees esto?”. Creer no es solo aceptar una verdad, sino confiar en una persona que nos ama, que se conmueve por nosotros y que, incluso en medio de la muerte, sigue pronunciando palabras de vida.
Oración:
Señor tú que eres empático con nuestros dolores y sufrimientos, ayúdanos a ser empáticos con el dolor y sufrimiento de los demás. Que aprendamos de ti a llorar con los hermanos como también reimos con ellos. Amén.


