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Ceguera espiritual y religiosa

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
ceguera

4to Domingo Cuaresma. La ceguera espiritual y religiosa

Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:
«El mismo».

Otros decían:
«No es él, pero se le parece».

El respondía:
«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:
«Que es un profeta».

Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:
«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

Reflexión:

El pasaje del evangelio proclamado en el Cuarto Domingo de Cuaresma, llamado también Domingo Laetare, introduce una pausa de alegría en medio del camino penitencial. La Iglesia proclama el signo del ciego de nacimiento donde Jesús de Nazaret devuelve la vista a un hombre que nunca había contemplado la luz. En la teología del Evangelio según Juan, este milagro es mucho más que una curación: es un signo revelador. Cristo manifiesta que Él es la luz que inaugura una nueva creación, capaz de sacar al ser humano de la oscuridad del pecado y conducirlo hacia la verdad de Dios. El gesto de hacer barro con su saliva recuerda el acto creador del Génesis 2,7, donde el ser humano es formado del polvo de la tierra.

Pero el relato introduce una profunda paradoja espiritual. Mientras el ciego comienza a ver, quienes deberían ser guías del pueblo —los Fariseos— permanecen en la oscuridad. La curación no suscita en ellos gratitud ni apertura, sino sospecha y rechazo. Finalmente expulsan al hombre que ha sido sanado, revelando así la verdadera tragedia del relato: la ceguera espiritual del corazón religioso cuando se encierra en sus propias seguridades. El signo se convierte entonces en juicio: quienes creen poseer la luz terminan rechazando al mismo que es la luz.

En contraste, el antiguo ciego recorre un auténtico itinerario de fe. Primero habla de “ese hombre llamado Jesús”; después afirma que es profeta; más tarde reconoce que viene de Dios; y finalmente, cuando Jesús lo encuentra de nuevo, lo confiesa como Señor y se postra en adoración. Esta progresión revela cómo la fe nace del encuentro con Cristo y madura a través de la experiencia de su acción en la propia vida. La visión física se transforma en visión espiritual, es decir, en la capacidad de reconocer quién es verdaderamente Jesús.

Este camino recuerda el proceso vivido por la samaritana del pasaje del domingo anterior. También allí el encuentro con Cristo conducía a un descubrimiento gradual de su identidad. Ambos relatos muestran un rasgo central del evangelio de Juan: la revelación de Cristo se despliega progresivamente en la historia personal de quienes se abren a su palabra. La fe no es solo una idea aceptada intelectualmente, sino una experiencia de iluminación interior.

Por eso el Domingo Laetare nos invita a una alegría muy particular: la alegría de quien ha sido alcanzado por la luz de Cristo. El ciego curado pierde su reconocimiento social y religioso, pero gana algo infinitamente mayor: el encuentro personal con el Señor. En cambio, quienes se cierran a la luz permanecen en su oscuridad. En este camino de Cuaresma, la verdadera conversión consiste precisamente en dejar que Cristo abra nuestros ojos para reconocerlo, creer en Él y adorarlo como la luz que ilumina toda nuestra vida.

Oración:

Señor de luz, haz que veamos con mayor claridad tu presencia en nuestras vidas, que te  reconozcamos como Nuestro Señor y Salvador, y no nos cerremos a las obras que haces en los que nos roden. Líbranos de juzgar y rechachar a los demás.

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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