El Verdadero Hijo
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
1er Domingo Cuaresma. EL verdadero hijo
Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Reflexión
En este primer domingo de Cuaresma, el pasaje del evangelio nos conduce al desierto con Jesús. La escena de las tentaciones está justo a continuación de la del bautismo de Jesús, donde se escucha en el Jordán: “Este es mi Hijo amado”. Por eso el tentador es efático en la provocación: “Si eres Hijo de Dios…”. La tentación no cuestiona simplemente un poder milagroso; intenta pervertir el significado mismo de la filiación. El tentador propone una manera alternativa de ser Hijo: demostrarlo, presumirlo, aprovecharlo. El desierto se convierte así en el lugar donde se decide qué significa realmente ser Hijo.
“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.” Para la lógica del mundo, ser hijo —tener poder heredado— implica privilegio e independencia. Significa servirse de lo que uno es para asegurarse bienestar, reconocimiento o dominio. Pero Jesús no acepta una filiación autónoma. No convierte las piedras en pan porque su identidad no consiste en afirmarse a sí mismo, sino en vivir en comunión y obediencia perfecta al Padre. Él no actúa separado de Aquel que lo envía. Su hambre no lo arrastra fuera de la confianza; su poder no lo aparta de la relación.
La tercera tentación lleva esta distorsión al extremo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Aquí ya no se trata solo de pan o de espectáculo, sino de lealtad. Es la propuesta de un mesianismo sin cruz, de un poder sin obediencia. Entonces Jesús responde citando Deuteronomio 6,13, el corazón del Shemá, la gran confesión de fe de Israel: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”. Con esta cita, Jesús reafirma la lealtad exclusiva a Dios como el primer y más grande mandamiento. Ser Hijo no es negociar con otros señores; es pertenecer enteramente al Padre.
Y en ese momento resuena una palabra decisiva: “¡Vete, Satanás!”. No es solo un rechazo; es una expulsión. Jesús ejerce su autoridad divina. El que había sido provocado con un “si eres Hijo de Dios” ahora manifiesta, con soberana libertad, que lo es verdaderamente. No discute más, no dialoga más: ordena. El poder del Hijo no se expresa dominando reinos, sino afirmando con claridad la primacía absoluta de Dios y expulsando aquello que pretende usurpar su lugar.
También nosotros escuchamos en Cuaresma ese “si eres…”. Si eres hijo de Dios, ¿por qué no te impones?, ¿por qué no buscas primero tu interés?, ¿por qué no aseguras tu éxito? El camino de Jesús nos enseña otra lógica: la filiación es comunión, obediencia y amor confiado. Y como Él, estamos llamados a pronunciar nuestro propio “¡Vete!” frente a todo lo que quiera ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón. Porque el poder verdadero no es dominar, sino permanecer fieles al único Señor, adorarlo solo a Él y vivir como hijos en el Hijo.
Oración:
Señor, concédenos reconocer la provocación que hay en cada tentación, y ser valientes para permanecer leales a tu voluntad de que seamos fieles a la filiación que no has restablecido con el Padre. Amén.


