Corpus Christi. Alimento de Vida eterna.
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Corpus Christi. Alimento de Vida eterna.
San Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Reflexión:
En la solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de una presencia que nunca deja de sorprendernos: Jesucristo permanece realmente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino. El evangelio de hoy nos conduce al corazón de este misterio cuando Jesús afirma: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». No habla de una idea, de un símbolo o de un recuerdo. Habla de su carne y de su sangre, es decir, de toda su humanidad asumida en la Encarnación. El mismo Verbo que se hizo carne en el seno de María es quien hoy se nos entrega como alimento de vida eterna.
Cuando Jesús habla de su carne, utiliza una palabra que remite a la fragilidad y concreción de la condición humana. Dios no quiso salvarnos desde la distancia ni mediante una intervención exterior. Quiso hacerse uno de nosotros. En la Eucaristía continúa esta misma lógica de la Encarnación. El Señor sigue acercándose a nuestra historia a través de signos humildes y cotidianos. Así como en Belén pudo ser visto y tocado, así también hoy se hace presente sacramentalmente para que podamos encontrarlo, recibirlo y dejarnos transformar por Él.
Este misterio eucarístico es también una obra profundamente trinitaria. Es el Padre quien, por amor al mundo, entrega a su Hijo para la vida de la humanidad. Es el Hijo quien ofrece libremente su cuerpo y derrama su sangre en obediencia y amor al Padre. Y es el Espíritu Santo quien hace presente sacramentalmente ese único sacrificio de Cristo en cada celebración eucarística. Cada vez que la Iglesia invoca al Espíritu sobre el pan y el vino, se actualiza la obra de la salvación y el Resucitado se hace realmente presente en medio de su pueblo. La Eucaristía es, por tanto, el gran acto de amor de la Trinidad que sigue alcanzando a la humanidad de todos los tiempos.
Por eso, el Corpus Christi no es solamente una fiesta dedicada a la adoración del Santísimo Sacramento; es también la celebración de la continuidad de la misión del Jesús histórico. El mismo Jesús que recorrió los caminos de Galilea, que consoló a los afligidos, que acogió a los pecadores y entregó su vida en la cruz, sigue actuando hoy desde la Eucaristía. Su presencia sacramental no es una ausencia disfrazada, sino una presencia nueva y real. El Señor continúa acompañando a su Iglesia, alimentándola con su propia vida y enviándola a prolongar en el mundo su obra de amor y misericordia.
Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo somos incorporados más profundamente a esta dinámica de amor trinitario. No comulgamos simplemente para nuestra santificación personal; comulgamos para convertirnos nosotros mismos en presencia de Cristo para los demás. Quien se alimenta del Pan de Vida está llamado a ser pan partido para sus hermanos.
Oración:
Padre, que en esta solemnidad descubramos que la Eucaristía es el lugar donde la Encarnación continúa, donde la Trinidad sigue obrando la salvación y donde Cristo permanece para siempre con nosotros.


