Reconocemos a Jesús como Señor en la oración, pero no siempre le dejamos serlo en nuestras decisiones. Como los discípulos, queremos seguirle, pero nos cuesta permanecer firmes en la prueba.
Deja tu comentarioDesde la cuna de Santo Domingo de Guzmán, los frailes dominicos de Caleruega compartimos en este espacio reflexiones, historias y pensamientos sobre diversos temas que nos interpelan y nos inspiran.
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Reconocemos a Jesús como Señor en la oración, pero no siempre le dejamos serlo en nuestras decisiones. Como los discípulos, queremos seguirle, pero nos cuesta permanecer firmes en la prueba.
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Jesús no se limita a consolar desde fuera, sino que entra en el dolor de Marta y María, lo hace suyo. Sus lágrimas son profundamente reveladoras: Dios llora con nosotros.
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Por eso el Domingo Laetare nos invita a una alegría muy particular: la alegría de quien ha sido alcanzado por la luz de Cristo. El ciego curado pierde su reconocimiento social y religioso, pero gana algo infinitamente mayor: el encuentro personal con el Señor.
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La relación con Dios ya no depende de un lugar sagrado, sino de un corazón abierto a su Espíritu. El verdadero templo donde Dios quiere habitar es la vida del creyente.
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La experiencia de Dios no es ligera ni superficial: desinstala, sobrecoge, rompe seguridades. En Cuaresma también nosotros somos invitados a reconocer, con humildad, quién es Dios y quiénes somos nosotros. Postrarse es aceptar que necesitamos conversión.
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El que había sido provocado con un “si eres Hijo de Dios” ahora manifiesta, con soberana libertad, que lo es verdaderamente. No discute más, no dialoga más: ordena.
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En un tiempo marcado por la ambigüedad y el relativismo, el Evangelio nos llama a recuperar la transparencia del discípulo. La palabra de Jesús no es una nueva ley que nos aplasta, sino una invitación a la libertad de los hijos de Dios.
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Ser cristiano no es simplemente creer ciertas cosas en privado; es ser, por gracia, un agente transformador en el mundo. La sal y la luz no existen para sí mismas, sino para ejercer una función esencial en su entorno.
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En Cristo descubrimos que la misericordia no es pasividad, sino una forma activa de compromiso que transforma. Seguir a Cristo misericordioso nos coloca inevitablemente en tensión con una cultura que normaliza la violencia y el endurecimiento del corazón.
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La repetición del término “inmediatamente” no es casual. Mateo quiere dejar claro que cuando el Reino se acerca, no admite postergaciones. No porque Dios sea impaciente, sino porque la vida nueva que ofrece es demasiado valiosa como para dejarla pasar.
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