Desde la cuna de Santo Domingo de Guzmán, los frailes dominicos de Caleruega compartimos en este espacio reflexiones, historias y pensamientos sobre diversos temas que nos interpelan y nos inspiran.
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En este domingo, se nos invita a no temer nuestros procesos, incluso cuando están marcados por la duda o el cansancio. El Resucitado sigue caminando con nosotros, esperando ese momento en que, al partir el pan, podamos reconocer que siempre ha estado ahÍ.
La misión no nace del entusiasmo humano ni de la simple buena voluntad, sino del don del Espíritu. Sin Él, no hay verdadera paz ni alegría duradera; y sin Él, la misión se convierte en esfuerzo vacío.
La resurrección no se comprende de una vez para siempre, sino que se va desvelando a lo largo del camino. Hoy, en este día de Pascua, somos invitados a dar un paso más: a dejarnos guiar desde los signos hacia una fe más profunda
Reconocemos a Jesús como Señor en la oración, pero no siempre le dejamos serlo en nuestras decisiones. Como los discípulos, queremos seguirle, pero nos cuesta permanecer firmes en la prueba.
Jesús no se limita a consolar desde fuera, sino que entra en el dolor de Marta y María, lo hace suyo. Sus lágrimas son profundamente reveladoras: Dios llora con nosotros.
Por eso el Domingo Laetare nos invita a una alegría muy particular: la alegría de quien ha sido alcanzado por la luz de Cristo. El ciego curado pierde su reconocimiento social y religioso, pero gana algo infinitamente mayor: el encuentro personal con el Señor.
La relación con Dios ya no depende de un lugar sagrado, sino de un corazón abierto a su Espíritu. El verdadero templo donde Dios quiere habitar es la vida del creyente.
La experiencia de Dios no es ligera ni superficial: desinstala, sobrecoge, rompe seguridades. En Cuaresma también nosotros somos invitados a reconocer, con humildad, quién es Dios y quiénes somos nosotros. Postrarse es aceptar que necesitamos conversión.
El que había sido provocado con un “si eres Hijo de Dios” ahora manifiesta, con soberana libertad, que lo es verdaderamente. No discute más, no dialoga más: ordena.
En un tiempo marcado por la ambigüedad y el relativismo, el Evangelio nos llama a recuperar la transparencia del discípulo. La palabra de Jesús no es una nueva ley que nos aplasta, sino una invitación a la libertad de los hijos de Dios.