Por eso el temor de Dios del que habla la Biblia no es terror ni angustia. Es el respeto amoroso de quien ha descubierto un tesoro y no quiere perderlo.
Deja tu comentarioDesde la cuna de Santo Domingo de Guzmán, los frailes dominicos de Caleruega compartimos en este espacio reflexiones, historias y pensamientos sobre diversos temas que nos interpelan y nos inspiran.
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Por eso el temor de Dios del que habla la Biblia no es terror ni angustia. Es el respeto amoroso de quien ha descubierto un tesoro y no quiere perderlo.
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Al contemplar la multitud de nuestro tiempo, con sus búsquedas, heridas y soledades, recordemos que la respuesta de Jesús sigue siendo la misma: formar una comunidad de discípulos que viva de la gracia y la entregue gratuitamente a todos.
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Su presencia sacramental no es una ausencia disfrazada, sino una presencia nueva y real. El Señor continúa acompañando a su Iglesia, alimentándola con su propia vida y enviándola a prolongar en el mundo su obra de amor y misericordia.
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La Trinidad se nos revela como un movimiento de amor: el Padre ama, el Hijo es entregado por amor, y el Espíritu Santo hace posible que ese amor llegue a nuestros corazones.
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El Señor continúa derramando su Espíritu para que pasemos del encierro a la apertura, del miedo a la confianza y de la división a la reconciliación. Porque allí donde el Espíritu actúa, nace siempre una humanidad nueva.
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En la Ascensión, Jesús no se aleja abandonando a los suyos; inaugura una nueva forma de presencia. Por la acción del Espíritu Santo, el Resucitado continúa acompañando a su Iglesia en medio de sus dudas, búsquedas y desafíos.
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Jesús no nos deja solos frente a las incertidumbres del mundo ni huérfanos de sentido. Nos da su Espíritu para acompañarnos, sostenernos y seguir revelándonos quién es Él.
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Jesús no está como antes, pero está de un modo más profundo. Vive en la confianza que sostiene el corazón, en el camino que recorremos con Él, en el rostro de Dios que hemos conocido en su vida, y en las obras que seguimos realizando en su nombre.
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No se trata de una vida reducida a cumplir normas o evitar errores. La propuesta de Jesús no es una reducción moral de la existencia, sino su plenitud. Habla de una vida ensanchada, reconciliada, llena de sentido.
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En este domingo, se nos invita a no temer nuestros procesos, incluso cuando están marcados por la duda o el cansancio. El Resucitado sigue caminando con nosotros, esperando ese momento en que, al partir el pan, podamos reconocer que siempre ha estado ahÍ.
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