La espera en comunidad
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXXII del tiempo ordinario. La espera en comunidad
Mateo 25, 1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Reflexión
El evangelio de hoy nos lleva a una celebración: un banquete de bodas al que se invita a todos aunque no todos pueden acceder. Antes del banquete hay una espera cuya reconpensa es participar de una fiesta, entrar en la alegría del encuentro y compartirla con los demás. La invitación de Jesús nos conduce a una celebración en comunidad, esto es el acento de esta parábola. En esta fiesta la alegría de uno se convierte en alegría de todos. Por eso, la preparación para el encuentro con el Señor no puede entenderse al margen de la vida comunitaria. Estamos llamados a caminar juntos, a sostenernos en la espera y a ayudarnos mutuamente a mantener viva la esperanza.
La parábola habla de diez jóvenes que esperan al esposo. No son dos, sino diez; todas forman parte de la misma celebración, todas han recibido la invitación y todas salen a su encuentro. Cinco son prudentes y cinco necias, pero hay algo que comparten: la espera se prolonga, el cansancio llega y todas se quedan dormidas. Jesús no presenta la vigilancia como una actitud de quien nunca se cansa o nunca experimenta dificultades. La vida de fe también conoce momentos de desgaste, de incertidumbre y de sueño. La diferencia no está en que unas sean capaces de esperar y otras no, sino en cómo se han preparado para afrontar una espera que puede ser más larga de lo previsto.
La prudencia, en este contexto, no significa simplemente inteligencia o capacidad para resolver problemas. Es la actitud de quien sabe anticiparse, reconoce lo que está en juego y actúa en consecuencia. Las jóvenes prudentes comprenden que el encuentro con el esposo es importante y que no basta con comenzar bien: hay que estar preparadas para sostener la espera. La prudencia consiste en preparar hoy lo que no podemos improvisar mañana. En nuestra vida cristiana, esto significa cuidar desde ahora aquello que nos permite permanecer atentos a Dios: la oración, la escucha de la Palabra, la celebración, el servicio y los vínculos que construimos como comunidad. No podemos esperar a que llegue el momento decisivo para comenzar a vivir aquello que da sentido a nuestra fe.
El aceite expresa esa preparación que cada una debe cuidar. Las lámparas son comunes, la espera es compartida y la fiesta es para todos, pero el aceite no puede improvisarse ni prestarse en el último momento. Hay una dimensión personal de la fe que nadie puede vivir por nosotros: cada uno necesita cultivar su relación con Dios, alimentar su esperanza y aprender a reconocer su presencia. Sin embargo, esto no significa que la preparación sea un camino individualista. El aceite se cuida personalmente, pero la luz que mantiene encendida está llamada a iluminar a los demás. La comunidad no sustituye nuestra responsabilidad personal, pero nos acompaña, nos anima y nos ayuda a perseverar cuando la espera se hace difícil.
La parábola nos invita, finalmente, a preguntarnos cómo estamos viviendo esta espera y qué estamos haciendo para mantener viva la luz. No se trata de permanecer despiertos a toda costa, sino de estar preparados para reconocer al Señor cuando llegue, incluso después de una espera larga y cansada. La celebración de bodas nos recuerda que el destino de nuestra fe es el encuentro, la comunión y la alegría compartida. Estar atentos también se aprende y se vive en comunidad: acompañándonos, cuidando la esperanza de los demás y construyendo desde ahora una vida que anticipe la alegría del Reino. Porque el Señor nos invita a una fiesta, y esa fiesta comienza cuando aprendemos a caminar juntos.
Oración:
Señor Jesús, mantén encendida nuestra esperanza y enséñanos a prepararnos cada día para el encuentro contigo. Danos prudencia para cuidar nuestra fe, generosidad para acompañarnos en la espera y alegría para caminar juntos como comunidad hacia la fiesta de tu Reino. Amén.


