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Bienaventurados los Santos

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Todos los Santos

Solemnidad de Todos los Santos. Bienaventurados los santos

Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Reflexión

Hoy, en la solemnidad de Todos los Santos, escuchamos el comienzo del Sermón de la Montaña, donde Jesús proclama las bienaventuranzas. Es significativo que comience su enseñanza no con prohibiciones ni obligaciones, sino con una proclamación de felicidad. Antes de decir qué deben hacer sus discípulos, les anuncia quiénes son dichosos. Esto nos ayuda a comprender que la vida cristiana no comienza con una carga de exigencias, sino con una buena noticia: Dios está cerca y su Reino abre una posibilidad nueva de vivir. Jesús nos presenta una manera diferente de entender la felicidad, que no depende del éxito, del poder o del reconocimiento, sino de vivir desde Dios y según los valores de su Reino. Eso es precisamente lo que contemplamos hoy en los santos: hombres y mujeres que descubrieron, en sus vidas concretas, que era posible vivir según esta lógica del Evangelio.

De las nueve bienaventuranzas que presenta el pasaje, me detendré en cuatro que, a mi juicio, iluminan especialmente nuestra convulsa actualidad.

La primera nos habla de los pobres en el espíritu. No se refiere necesariamente a una situación económica, sino a una actitud de humildad y disponibilidad ante Dios: reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de Él y que nuestra vida no se sostiene únicamente sobre nuestras propias capacidades. El pobre de espíritu no pretende tenerlo todo bajo control ni se considera dueño absoluto de su existencia; sabe recibir, confiar y dejarse conducir por Dios. Esta es una actitud fundamental para el camino de la santidad, porque el santo no es quien se cree perfecto o autosuficiente, sino quien reconoce su necesidad de Dios y permite que su gracia transforme su vida. La santidad comienza cuando dejamos de ocupar el centro y abrimos espacio para que Dios actúe.

Jesús proclama también dichosos a los que lloran. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo ni porque debamos resignarnos ante el dolor, sino porque Dios no permanece indiferente ante quienes sufren. Esta bienaventuranza incluye a quienes lloran ante el mal presente en el mundo y no se resignan a considerarlo inevitable. Son personas que no han perdido la sensibilidad ni se han acostumbrado al dolor ajeno, que no miran hacia otro lado ante la injusticia, la violencia o el sufrimiento de los más vulnerables. En un mundo donde corremos el riesgo de acostumbrarnos a tantas noticias de dolor, Jesús nos recuerda que conservar un corazón sensible es también una forma de vivir según el Reino. Los santos han sido personas capaces de dejarse afectar por el sufrimiento de los demás y de reconocer en él una llamada de Dios.

Por eso, Jesús llama dichosos a quienes tienen hambre y sed de justicia. En Mateo, la justicia no se reduce a la justicia legal ni a una simple distribución de bienes, aunque necesariamente las incluye. Significa vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, establecer relaciones rectas y procurar que la vida social y comunitaria responda a sus designios. Tener hambre y sed de justicia significa no conformarse con que las cosas sigan como están, no aceptar como normales la desigualdad, la exclusión o el abuso, y desear que la dignidad de cada persona sea reconocida. Esta hambre de justicia está estrechamente relacionada con la sensibilidad de quienes lloran ante el sufrimiento: no basta con conmovernos ante el mal, estamos llamados a trabajar por una realidad diferente. Los santos no fueron personas ajenas a su tiempo; muchos se comprometieron con las necesidades concretas de quienes tenían cerca y contribuyeron a transformar su entorno desde el Evangelio.

La cuarta bienaventuranza que quisiera resaltar hoy es la de los misericordiosos. La misericordia es precisamente la expresión concreta de esa sensibilidad ante el sufrimiento del otro. No se trata solamente de sentir compasión, sino de traducirla en gestos concretos: el perdón, la acogida, la generosidad, la paciencia y la capacidad de ofrecer nuevas oportunidades. La sensibilidad cristiana no puede quedarse en un sentimiento pasajero; nos lleva a actuar, a acercarnos al que sufre y a comprometernos con su situación. Quizá esta sea una de las enseñanzas más importantes de la solemnidad de Todos los Santos: la santidad no está reservada a personas extraordinarias, sino que consiste en una vida cotidiana que va adquiriendo el rostro de Jesús. Los santos nos muestran que las bienaventuranzas pueden hacerse realidad en nuestra propia historia. Por eso, hoy podemos preguntarnos: ¿qué lugar tienen en mi vida la humildad, la sensibilidad ante el sufrimiento, el compromiso con la justicia y la misericordia concreta?

Oración:

Señor, ayúdanos a recorrer el camino de las bienaventuranzas y a descubrir que la verdadera felicidad consiste en vivir como hijos tuyos, reflejando tu amor en medio del mundo. Amén.

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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