La imagen de Dios
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. La imagen de Dios
Mateo 22, 15-21
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas:
¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó:
«De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Reflexión
El domingo pasado reflexionábamos sobre la fidelidad última que debemos a Dios, consistende en dejar que el amor recibido como don, cambie nuestra manera de pensar, sentir y actuar. El Evangelio de hoy nos ayuda a profundizar en esta cuestión. Cuando preguntan a Jesús si es lícito pagar el impuesto al César, intentan atraparlo en una discusión política y religiosa. Pero Jesús conduce la pregunta hacia algo mucho más profundo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No se trata simplemente de repartir nuestras obligaciones entre Dios y el mundo, como si cada uno tuviera una parcela independiente de nuestra vida, sino de reconocer qué lugar corresponde a cada realidad y dónde reside nuestra fidelidad última.
La moneda lleva la imagen del César y circula dentro de un sistema económico y político concreto. Jesús reconoce esa realidad y no invita a desentenderse de las obligaciones civiles, pero tampoco concede al emperador una autoridad absoluta. El poder político tiene su ámbito, como también lo tienen nuestras responsabilidades sociales, económicas y ciudadanas; sin embargo, ningún poder humano puede convertirse en dueño absoluto de la conciencia ni ocupar el lugar de Dios. La fe no nos aparta del mundo, sino que nos ayuda a vivir en él con responsabilidad, libertad y sentido de la justicia, sin convertir en absolutos realidades que son siempre limitadas.
Pero hay una resonancia bíblica todavía más profunda. En el libro del Génesis leemos que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Aunque el evangelista Mateo no establece explícitamente esta conexión, la tradición cristiana ha encontrado en ella una clave muy fecunda para comprender las palabras de Jesús: si la moneda lleva la imagen del César, el ser humano lleva la imagen de Dios. La moneda puede devolverse al César; la persona entera está llamada a vivir en relación con Dios. Nuestra dignidad no procede de lo que poseemos, producimos o representamos ante los demás, sino de ese vínculo fundamental con nuestro Creador. Antes que ciudadanos de un sistema económico, antes que trabajadores, consumidores o propietarios, somos personas creadas a imagen de Dios.
Por eso, dar a Dios lo que es de Dios significa mucho más que reservarle un espacio en nuestra agenda o cumplir determinadas prácticas religiosas. Significa reconocer que toda nuestra vida está llamada a reflejar esa imagen: nuestras decisiones, el modo en que tratamos a los demás, el uso que hacemos de los bienes, nuestra manera de ejercer la autoridad y nuestra responsabilidad ante quienes sufren. Podemos cumplir nuestras obligaciones civiles y sociales, pero sin entregar a ningún interés humano aquello que compromete nuestra conciencia y nuestra fidelidad al Evangelio. La pregunta, entonces, no es solamente qué le corresponde al César, sino si nuestra manera de vivir manifiesta realmente que pertenecemos a Dios.
En continuidad con el Evangelio del domingo pasado, Jesús nos recuerda que hay una fidelidad que está por encima de todas las demás. No porque debamos desentendernos de la sociedad, sino porque es precisamente nuestra relación con Dios la que puede orientar y dar sentido a nuestra presencia en ella. Si llevamos su imagen, estamos llamados a hacer visible su amor en medio del mundo. ¿Qué imagen de Dios están reflejando mis decisiones, mis relaciones y mis prioridades? Y, en medio de tantas exigencias y responsabilidades, ¿estoy dando a Dios el lugar que le corresponde o he permitido que otras realidades ocupen su puesto?
Oración:
Señor Jesús, ayúdanos a vivir con responsabilidad en el mundo sin olvidar nunca que nuestra vida te pertenece. Que nuestras palabras, decisiones y gestos reflejen la imagen de Dios que llevamos en nosotros y hagan presente tu amor entre nuestros hermanos. Amén.


