Ganar al hermano
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Ganar al hermano
Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Reflexión
En el vangelio de hoy Jesús nos propone algo que no resulta fácil: corregir al hermano cuando se equivoca. Y quizá lo primero que necesitamos cambiar es nuestra manera de entender la corrección. Corregir cristianamente no significa señalar, acusar ni demostrar que el otro está equivocado. Mucho menos significa avergonzarlo, humillarlo o ponerlo en evidencia delante de los demás. Jesús comienza diciendo: «Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas». Hay algo profundamente importante en ese «a solas»: la corrección nace del respeto por la dignidad del otro. No queremos exponer al hermano; queremos recuperarlo. No queremos ganar una discusión; queremos que el hermano no se pierda.
Por eso Jesús utiliza una expresión preciosa: «Si te escucha, has ganado a tu hermano». El objetivo de la corrección no es que yo pueda decir: «Tenía razón», sino que podamos volver a encontrarnos. La preocupación fundamental no es demostrar quién tiene razón, sino evitar que una persona quede atrapada en su error, en su confusión, en una conducta que puede hacerle daño a él mismo o a los demás. Corregir es, entonces, una manera de decir: «Me importas demasiado como para permanecer indiferente ante aquello que puede alejarte de Dios, de los demás o de ti mismo». Y esto exige mucho amor, porque es mucho más fácil hablar del hermano con otros que hablar con el hermano; es más fácil criticar que acercarse; es más fácil juzgar que ayudar.
Jesús sabe también que hay situaciones que necesitan de la comunidad. Por eso el proceso pasa progresivamente de uno a dos o tres y finalmente a la Iglesia. La vida cristiana nunca es un asunto puramente individual: cuando uno de nosotros se pierde, de alguna manera todos estamos llamados a buscarlo. La comunidad no existe para convertirse en un tribunal donde acumulamos las culpas de los demás, sino para ayudar a recuperar la fraternidad cuando esta se rompe. Incluso cuando es necesario poner límites o reconocer una ruptura de la comunión, la finalidad sigue siendo proteger y abrir un camino de conversión. Y por eso Jesús concluye: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Cristo está presente cuando una comunidad intenta resolver sus conflictos desde el Evangelio, cuando alguien se acerca con humildad, cuando otro pide perdón y cuando todos buscan reconstruir un vínculo roto.
Por eso, la pregunta que este Evangelio nos deja no es solamente: «¿A quién tengo que corregir?». Es más profunda: ¿Qué hago yo cuando un hermano se equivoca? ¿Lo expongo, lo juzgo, lo comento con otros o me alejo de él? ¿O intento acercarme para ayudarlo a recuperar el camino? Porque el criterio de Jesús es muy claro: «Has ganado a tu hermano». No has ganado una discusión, no has demostrado que tenías razón, no has conseguido que los demás te den la razón. Has ganado a tu hermano. Y esa debería ser también la medida de nuestras palabras, de nuestras correcciones y de nuestras comunidades: que después de encontrarse con nosotros, el otro no se sienta más pequeño, más avergonzado o más perdido, sino un poco más cerca de Dios y de los hermanos.
Oración:
Señor Jesús, enséñanos a corregir con amor, a perdonar con humildad y a buscar siempre recuperar al hermano. Que nuestras palabras no humillen ni dividan, sino que ayuden a sanar y a reconstruir la comunión. Amén.


