El terreno es la clave.
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XV Tiempo Ordinario. El terreno es la clave.
Mateo 13, 1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador:
si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Reflexión
Algo llamativo de la parábola del sembradores es que Jesús no centra nuestra atención en la habilidad del sembrador, sino en la generosidad con la que siembra. El sembrador sale a esparcir la semilla sin calcular dónde caerá, porque confía en la fuerza de la semilla más que en las apariencias del terreno. Así actúa Dios con nosotros: no reserva su Palabra para quienes parecen más preparados, sino que la ofrece a todos con abundancia y paciencia. Cada día el Señor sigue sembrando en nuestra vida por medio de la Escritura, la predicación, los sacramentos y los acontecimientos cotidianos. La iniciativa siempre es suya; Él nunca deja de sembrar, incluso cuando nuestro corazón ha conocido la dureza, la superficialidad o las distracciones.
La semilla, por su parte, representa la Palabra del Reino, una Palabra viva y eficaz que posee en sí misma la capacidad de transformar la existencia. Jesús deja claro que el problema nunca está en la calidad de la semilla, porque la Palabra de Dios siempre es buena, verdadera y fecunda. Cuando esa Palabra no produce fruto, la causa no es la falta de poder del Evangelio, sino la disposición con la que es recibida. La semilla conserva toda su fuerza; es el corazón humano el que debe abrirse para permitir que eche raíces, crezca y dé vida. Allí donde la Palabra encuentra acogida, comienza silenciosamente una obra que supera nuestras propias capacidades.
Por eso, Jesús afirma que el verdadero discípulo es quien oye la Palabra, la comprende y produce fruto. En el lenguaje bíblico, comprender no significa únicamente entender con la inteligencia, sino acoger con el corazón hasta dejar que la vida sea transformada. El discípulo auténtico no se reconoce por el entusiasmo pasajero ni por el simple conocimiento de la doctrina, sino por una existencia que refleja el Evangelio en sus decisiones, en su perseverancia y en su amor concreto. No todos darán el mismo rendimiento —unos treinta, otros sesenta y otros ciento por uno—, pero todos aquellos que permanecen unidos a Cristo producirán algún fruto para el Reino.
Esta parábola nos invita, entonces, a realizar un examen sincero de nuestra propia vida. La pregunta no es, en primer lugar, qué clase de sembradores somos ni cuánta semilla tenemos para ofrecer; antes de anunciar el Evangelio estamos llamados a dejarnos evangelizar por él. La cuestión decisiva es: ¿qué tipo de terreno es hoy mi corazón frente a la Palabra de Dios? ¿Se ha endurecido por la rutina? ¿Permite que la Palabra eche raíces profundas o vive únicamente de emociones pasajeras? ¿Está sofocado por las preocupaciones, las prisas o la seducción de las riquezas? ¿O permanece disponible para que Dios haga crecer en él una cosecha abundante? Estas preguntas no buscan desanimarnos, sino abrirnos a la acción renovadora de la gracia.
El verdadero discípulo no es quien solo escucha la Palabra, sino quien permite que esa Palabra transforme su existencia y, por medio de ella, produzca frutos abundantes para la gloria de Dios y el bien de los hermanos. Es el que recibe esa semilla con un corazón dócil, dispuesto a escuchar, comprender y perseverar. Es el que permite que su vida se convierta en un campo fecundo donde otros puedan descubrir la presencia de Dios.
Oración
Pidamos al Señor la gracia de ser, cada día, tierra buena. Que nunca dejemos de admirarnos por la fidelidad del divino Sembrador, que sigue confiando en nosotros y sembrando su Palabra aun cuando conoce nuestras fragilidades.


