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El Reino es perdón

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domngo 24 TO

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. El Reino es perdón

Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». 

Reflexión

El Evangelio de hoy continúa el discurso de Jesús sobre la vida de la comunidad. El domingo pasado nos decía que, cuando un hermano se equivoca, no debemos abandonarlo ni exponerlo, sino buscar la manera de recuperarlo. Hoy Pedro pregunta: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?». La pregunta parece razonable: podemos comprender que hay que dar una segunda oportunidad, incluso una tercera o una cuarta, pero ¿hasta dónde? Jesús responde eliminando cualquier cálculo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Un juego de palabras que sugiere una cantidad indeterminada según la simbología numérica de la cultura hebrea de aquel entonces. Por lo que, el perdón cristiano no puede convertirse en una contabilidad de ofensas. Si la corrección busca ganar al hermano, el perdón busca que podamos seguir teniéndolo como hermano.

Y Jesús explica esta lógica con una parábola que asemeja su Reino a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. En ella presenta el Reino como perdón: una deuda inmensa que el siervo jamás podría pagar es sencillamente perdonada. Esa es la lógica de Dios. Pero la parábola introduce una tensión inquietante: el hombre que ha recibido misericordia es incapaz de ofrecerla a su compañero. Ha recibido el Reino, pero no ha acogido su lógica. Y aquí aparece una pregunta importante: ¿puede existir el Reino allí donde no hay perdón? El Reino se ofrece como misericordia, pero podemos resistirnos a vivir desde ella. El siervo se excluye de esa lógica porque, después de haber recibido una misericordia inmensa, decide seguir viviendo desde la deuda, la exigencia y el resentimiento. Por tanto la repuesta a nuestra pregunta podría ser: El Reino es perdón, pero no podemos vivir en él mientras nos negamos a perdonar.

Esto nos obliga a mirar también nuestra propia vida. Todos llevamos alguna cuenta pendiente con alguien: una ofensa que recordamos, una herida que todavía nos duele, algo que pensamos que el otro debería reparar. Jesús no nos pide que digamos que el mal estuvo bien ni que ignoremos las consecuencias de lo ocurrido. Nos pide algo más profundo: que no convirtamos la ofensa en una deuda permanente que utilizamos para mantener al otro condenado. Porque nosotros mismos vivimos de una deuda que Dios ha decidido no cobrarnos. La pregunta, entonces, no es solamente «¿cuántas veces tengo que perdonar?», sino «¿qué estoy haciendo con el perdón que yo mismo he recibido?». La misericordia recibida de Dios está llamada a convertirse en misericordia ofrecida al hermano.

Y aquí retomamos el Evangelio del domingo pasado. Jesús nos mostraba que la comunidad cristiana se construye buscando recuperar al hermano: acercándonos, hablando, corrigiendo con respeto y procurando que nadie se pierda. Hoy descubrimos que esa comunidad solo puede sostenerse desde el perdón. Porque una comunidad no es un grupo de personas que nunca se hacen daño; es un grupo de personas que aprende a reparar los vínculos cuando se rompen. Por eso el perdón no es una cuestión privada: tiene una profunda dimensión comunitaria. Cada vez que perdonamos, reconstruimos un poco la comunidad; cada vez que renunciamos al resentimiento, abrimos un espacio para que la fraternidad vuelva a crecer.

Y por eso adquieren todavía más fuerza las palabras con las que Jesús cerraba el Evangelio anterior: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Cristo permanece en medio de una comunidad que aprende a recuperar al hermano y a perdonarlo. Quizá esa sea una de las formas más concretas de hacer presente el Reino: no cuando todos pensamos igual, ni cuando nunca hay conflictos, sino cuando, después del conflicto, somos capaces de elegir la misericordia. El Reino comienza con el perdón que recibimos de Dios, pasa por el perdón que ofrecemos al hermano y termina construyendo una comunidad en cuyo centro puede permanecer Cristo. La pregunta que queda para nosotros es sencilla y exigente: ¿estamos dejando que la misericordia de Dios transforme realmente nuestra manera de relacionarnos con los demás?

Oración:

Señor Jesús, enséñanos a corregir con amor, a perdonar con humildad y a buscar siempre recuperar al hermano. Que nuestras palabras no humillen ni dividan, sino que ayuden a sanar y a reconstruir la comunión. Amén. 

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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