Desde la cuna de Santo Domingo de Guzmán, los frailes dominicos de Caleruega compartimos en este espacio reflexiones, historias y pensamientos sobre diversos temas que nos interpelan y nos inspiran.
Más info sobre el blog

El don del Reino

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
25 Domingo TO

Domingo XXV del Tiempo Ordinario. El don del Reino

Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos». 

Reflexión

El Evangelio de hoy nos presenta una parábola que puede resultar desconcertante. Todos los trabajadores reciben un denario, pero los que han trabajado desde primera hora protestan porque los últimos han recibido lo mismo que ellos. Y quizá lo más interesante es que el propietario no les ha quitado absolutamente nada: les ha dado exactamente aquello que habían acordado. El problema aparece cuando comienzan a mirar lo que ha recibido el otro. Mientras contemplaban su propio salario podían estar agradecidos; cuando empiezan a compararlo con el del compañero, el don se convierte en motivo de disgusto. Por eso la pregunta del propietario resulta tan provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». La comparación puede hacer que dejemos de disfrutar lo que hemos recibido simplemente porque otro también ha recibido algo bueno.

Esta es una de las grandes tentaciones de nuestra vida cristiana: convertir nuestra relación con Dios en una cuestión de méritos. «Yo llevo tantos años», «yo he trabajado más», «yo he servido más», «yo he renunciado a tantas cosas». Y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a pensar que Dios nos debe algo. Incluso podemos llegar a vivir la fe como una especie de contabilidad espiritual. Pero Jesús nos recuerda que el Reino no funciona según la lógica de quien acumula méritos y después reclama una recompensa. El Reino es gracia. Los primeros reciben lo que se les había prometido; los últimos reciben también porque el propietario quiere ser generoso. Dios no ama menos a quien llega después ni ama más a quien llegó primero. Su bondad no es un premio por el que tenemos que competir para obtenerla.

Y esto afecta profundamente a nuestra manera de vivir en comunidad. En la Iglesia se  puede caer también en la tentación de pensar que quienes llevan más tiempo, han trabajado más o han sostenido determinadas tareas, tienen más derecho sobre el Reino que quienes llegan después. Pero nadie es propietario del Reino. Todos somos trabajadores invitados a una viña que no es nuestra. Algunos hemos llegado antes, otros después; algunos hemos tenido una historia larga de fe, otros apenas están comenzando; algunos han recibido responsabilidades importantes, otros sencillamente están buscando un lugar. La llegada del otro no disminuye nuestro lugar. La gracia concedida al otro no nos roba la gracia que nosotros hemos recibido. Por eso una comunidad madura no debería preguntarse quién merece más, sino aprender a alegrarse cuando alguien descubre también la bondad de Dios.

Quizá por eso la envidia sea tan peligrosa: porque nos impide agradecer. El trabajador de primera hora ya no mira el denario que tiene en la mano, sino el denario que tiene el otro. Y cuando vivimos comparándonos, siempre encontraremos alguna razón para sentirnos perjudicados. Siempre habrá alguien que parezca tener más reconocimiento, más oportunidades, más facilidad, más cariño o más suerte. Jesús nos invita a otra mirada: agradecer el don recibido y alegrarnos por el bien que Dios realiza en el hermano. Lo que Dios da al otro no me quita lo que Dios me ha dado a mí. Y quizá esta sea una de las formas más profundas de conversión: dejar de medir nuestra vida en comparación con los demás y comenzar a reconocer que todo lo que somos y tenemos es, en último término, un regalo.

Por eso la pregunta final del Evangelio no debería ser «¿por qué él recibe lo mismo que yo?», sino «¿puedo alegrarme porque Dios es bueno también con él?». El Reino de Dios no es una competición para ver quién merece más; es una viña en la que todos hemos sido llamados por gracia. Algunos hemos llegado antes, otros después, pero todos necesitamos la misma misericordia. Y cuando dejamos de competir por el amor de Dios, podemos comenzar a vivir como hermanos: agradecidos por lo que hemos recibido, libres de compararnos y capaces de alegrarnos por el bien del otro. Entonces comprendemos verdaderamente que la gracia de Dios nunca es una cantidad que se reparte y se agota: cuanto más se comparte, más manifiesta la bondad de quien la concede.

Oración:

Señor Jesús, líbranos de la comparación y de la envidia. Enséñanos a agradecer lo que recibimos y a alegrarnos por el bien de nuestros hermanos. Haznos vivir desde la gratuidad de tu Reino. Amén.

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

Anterior


Deja tu comentario

En caso de duda, puede consultar las normas sobre comentarios.

Aviso: los comentarios no se publican en el momento. Para evitar abusos, los comentarios sólo son publicados cuando lo autorizan los administradores. Por este motivo, tu comentario puede tardar algún tiempo en aparecer.

Cancelar repuesta


Categorías

Últimos artículos

Archivo