Desde la cuna de Santo Domingo de Guzmán, los frailes dominicos de Caleruega compartimos en este espacio reflexiones, historias y pensamientos sobre diversos temas que nos interpelan y nos inspiran.
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Del miedo a la fe.

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
19 T.O.

Domingo XIX del Tiempo Ordinario. Del miedo a la fe.

Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Reflexión

El evangelio de este domingo nos presenta una escena que refleja muchas experiencias de nuestra propia vida. Los discípulos están en medio del lago, la noche es oscura, el viento es contrario y las olas golpean la barca. Entonces aparece Jesús caminando sobre las aguas. Sin embargo, el primer sentimiento de los discípulos no es la alegría, sino el miedo. También nosotros conocemos ese miedo: cuando llegan las dificultades, cuando los proyectos fracasan, cuando la enfermedad, el dolor o la incertidumbre parecen desbordarnos. El miedo suele ser la primera reacción del corazón humano cuando siente que pierde el control.

Del miedo nace la confusión. Los discípulos ven a Jesús, pero no lo reconocen; creen que es un fantasma. Es una imagen muy realista de nuestra vida espiritual. Muchas veces Dios se hace presente precisamente en medio de las situaciones más difíciles, pero el miedo nos impide reconocerlo. Esperamos que el Señor llegue eliminando inmediatamente la tormenta, cuando en realidad Él se acerca caminando sobre las mismas aguas que tanto nos asustan. La fe comienza a madurar cuando aprendemos a descubrir su presencia incluso allí donde todo parece incierto.

La confianza aparece cuando Pedro escucha una sola palabra de Jesús: «Ven». Mientras mantiene la mirada fija en el Señor, es capaz de caminar sobre el agua. Pero cuando deja que el viento ocupe el centro de su atención, comienza a hundirse. Ésta es una enseñanza para todos nosotros. La fe no consiste en vivir sin inconvenientes y retos,  sino en decidir dónde ponemos la mirada. Quien fija su corazón únicamente en las dificultades termina paralizado; quien mantiene los ojos en Cristo encuentra la fuerza para seguir adelante, incluso en medio de la tormenta.

Cuando Jesús sube a la barca, el viento se calma y los discípulos reaccionan de una manera nueva: lo adoran. La adoración nace cuando dejamos de pedir solamente que Dios resuelva nuestros problemas y comenzamos a reconocer quién es Él. Ya no se trata únicamente de agradecer un milagro, sino de descubrir la presencia del Señor que sostiene nuestra vida. De la adoración brota entonces la confesión de fe más hermosa del relato: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios». La tormenta, que parecía una amenaza, termina convirtiéndose en el lugar donde los discípulos conocen más profundamente a Jesús.

Éste sigue siendo el camino de la Iglesia y de cada cristiano: del miedo a la confesión de fe, pasando por la confusión, la confianza y la adoración. No siempre podremos evitar las tempestades, pero nunca tendremos que afrontarlas solos. En cada Eucaristía el Señor vuelve a subir a la barca de nuestra vida, nos dice una vez más: «Ánimo, soy yo; no tengáis miedo», y nos invita a renovar nuestra fe. Quien aprende a reconocer su presencia en medio de las dificultades descubre que las tormentas no tienen la última palabra; la última palabra siempre la tiene Cristo, el Hijo de Dios, que permanece con nosotros y nunca deja de extendernos la mano.

Oración

Señor, que nuestra mirada no se aparte de ti, que tu presencia en mi vida, discipe el miedo y la angustia para que, con confianza, permita que subas a la barca de mi vida y allí poder alabarte y reconocerte como mi salvador.

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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