A Dios y al prójimo
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXX del Tiempo Ordinario. A Dios y al prójimo.
Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a
prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
Reflexión
En el pasaje del evangelio de hoy, una vez más, los fariseos ponen una pregunta trampa a Jesús. El texo nos sitúa en Jerusalén, en los últimos días de su vida pública, en medio de una serie de controversias en las que sus adversarios intentan ponerlo a prueba y desacreditarlo. Esta vez le preguntan cuál es el mandamiento principal de la Ley. Jesús responde uniendo dos mandamientos que encontramos en las Escrituras de Israel: amar a Dios con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo. Con esta respuesta, no solo señala lo esencial de la Ley, sino que nos ofrece una clave para comprender toda nuestra vida creyente: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.
Jesús comienza recordando el Shemá Israel, la profesión de fe fundamental del pueblo judío, recogida en el Deuteronomio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». En base al Shemá, creer en Dios, no se trata de reservarle un espacio en nuestra agenda, dedicarle determinados momentos o cumplir unas prácticas religiosas, como si nuestra relación con él pudiera quedar encerrada en una parcela de la vida. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente significa reconocerlo como el centro que orienta nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestras prioridades. Por eso aquí conviene detenernos y preguntarnos si nuestra manera de vivir la fe refleja realmente ese amor. ¿Mis prácticas religiosas me ayudan a crecer en misericordia, justicia y capacidad de perdón? Porque podemos cumplir con nuestras obligaciones religiosas y, sin embargo, mantener el corazón cerrado a Dios y a los demás.
Por eso, Jesús añade inmediatamente el segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. Y afirma que es semejante al primero. No son dos amores independientes, como si pudiéramos relacionarnos con Dios sin que eso afectara a nuestra relación con las personas. El amor a Dios se hace visible en la manera en que acogemos, escuchamos, perdonamos y cuidamos a quienes encontramos en nuestro camino. Y esto no se limita a las personas que nos resultan cercanas, que piensan como nosotros o que nos corresponden con su afecto. Amar al prójimo significa reconocer su dignidad incluso cuando la relación se vuelve difícil, cuando aparecen las diferencias o cuando el otro pone a prueba nuestra paciencia. No siempre podremos sentir simpatía por todos, pero estamos llamados a no negar a nadie el respeto, la misericordia y la posibilidad de comenzar de nuevo.
Jesús concluye diciendo que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. Es decir, el amor constituye el criterio que permite comprender el sentido profundo de la vida religiosa. La oración, la celebración de la Eucaristía, la formación, las normas y las obras de apostolado son importantes, pero no pueden convertirse en un fin en sí mismas: están llamadas a ayudarnos a vivir más unidos a Dios y más disponibles para los demás. También nuestras comunidades cristianas necesitan revisar continuamente si aquello que hacen las conduce a crecer en el amor o si, por el contrario, corren el riesgo de quedarse en las estructuras, las costumbres o las actividades. La pregunta no es solamente si hacemos muchas cosas en nombre de Dios, sino si nuestra manera de vivir hace presente su misericordia, su justicia y su amor.
Una vez más, el Evangelio nos invita a volver a lo esencial. El domingo pasado escuchábamos a Jesús decir que debemos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Hoy descubrimos que dar a Dios lo que le pertenece implica entregarle nuestro corazón y dejar que esa relación transforme nuestra manera de amar. No basta con hablar del amor, admirarlo como un ideal o reconocer que es importante; estamos llamados a encarnarlo en nuestras decisiones cotidianas, en nuestras relaciones y en la forma de afrontar los conflictos. Por eso, podemos terminar haciéndonos una pregunta que no busca culpabilizarnos, sino abrirnos a la conversión: ¿Qué tendría que cambiar en mi vida para que el amor dejara de ser solamente un ideal y se convirtiera en una realidad concreta?
Oración:
Señor Jesús, enséñanos a amarte con todo nuestro ser y a reconocerte en cada persona que encontramos. Que nuestra oración y nuestra fe se traduzcan en gestos concretos de misericordia, justicia, perdón y amor. Amén.


