Santo Domingo de Guzmán

Video: Grande ante Dios y ante los hombres

Un hombre de Dios comienza siempre siendo un fruto de nuestra tierra. Conocer sus orígenes permite comprender su trayectoria vital. Y seguir su itinerario ayuda a captar el espesor de su figura.

Domingo de Guzmán y de Aza, futuro fundador de la Orden de Predicadores (los dominicos), nace en Caleruega, provincia de Burgos, hacia 1174; sus padres, Félix y Juana, pertenecen a la nobleza castellana y son señores de esa pequeña villa de campesinos. Vive los años de su niñez junto a su madre; ella lo inicia en el amor a Dios y en la compasión con el prójimo. La amplitud del paisaje natal que puede contemplar cada día ensanchará el horizonte de su corazón, y el ambiente de reconquista de aquella época, en la que participa activamente su padre, le inculcará el celo por defender y difundir un día la fe recibida.

Todavía muy joven, al lado de su tío arcipreste en Gumiel de Izán, aprende las primeras letras y se ejercita en el rezo del oficio eclesiástico, que marcará su posterior vida clerical. Hacia los 14 años es enviado al Estudio General de Palencia, de reciente fundación, donde estudia varios cursos de artes liberales y después teología. Le cautiva la Sagrada Escritura y, con ocasión de una hambruna desencadenada por entonces en el país, pone en práctica lo aprendido en el Evangelio: vende sus valiosos libros de pergamino para dar de comer a los necesitados e influye en compañeros y profesores para fundar una "limosna" o pequeña institución benéfica de socorro a los indigentes. Es un primer rasgo maduro de la compasión asimilada en su infancia.

Santo Domingo ItineranteHacia 1196, el obispo de Osma, que tuvo conocimiento de la calidad humana y cristiana de Domingo, así como de su preparación intelectual, lo incorpora como canónigo regular a su cabildo catedralicio, que se encuentra en pleno proceso de reforma bajo la regla de san Agustín; allí recibirá la ordenación sacerdotal. Vivirá una profunda experiencia eclesial, en un ambiente contemplativo y comunitario, de moderada actividad pastoral, y pronto será nombrado prior del cabildo por su nuevo obispo Diego de Acebes. Éste le otorga su confianza y lo escogerá para recorrer juntos, entre 1203 y 1205, parte de Europa hacia los países escandinavos, en misión diplomática encomendada por el rey de Castilla Alfonso VIII. Crece entre ellos una sincera amistad, que explicará el inicio de la etapa siguiente de su historia.

Al atravesar el Languedoc francés comprueban la expansión que ha adquirido la herejía albigense en esa zona, y, llegados a la meta de su viaje, encuentran un país rodeado de pueblos paganos. Domingo descubrirá, interpelado por estos hechos, su vocación de evangelizador. Su sueño es a ir a los paganos; pero ante la negativa papal a enviarlos allí, deciden ambos entregarse en adelante a la predicación en la región albigense. Se unen primero a los monjes del Císter, legados del papa en aquella región, para alejarse poco después de su estilo feudal y adoptar la pobreza evangélica. Será el comienzo de su nueva misión eclesial: la "Santa Predicación" en la austeridad de vida y con la sola fuerza de la Palabra de Dios.

Santo Domingo estudiandoAdemás de predicar al pueblo sencillo, el estudio asiduo de esa Palabra los había preparado para las controversias teológicas que pronto entablarían con los herejes en distintos lugares de la región. Un grupo de jóvenes rescatadas de la herejía, fruto de esa labor apostólica, serán reunidas, a finales de 1206, en Prulla, un lugar recoleto que les permitirá mantenerse en su nueva fe católica, y un lugar estratégico que servirá a los misioneros de punto de apoyo de su predicación itinerante, a la vez que de remanso después de sus fatigosas campañas. Aquella comunidad de mujeres se convertiría más tarde en el primer monasterio dominicano femenino, con la misión de respaldar mediante la oración el ministerio de la predicación de los hermanos. A la muerte del obispo Diego, en 1207, Domingo asume el cuidado de esa comunidad y la dirección de la actividad misionera todavía incipiente. Se intuye ya ahí su capacidad para el futuro gobierno de la Orden.
Años más tarde, en 1215, los frailes se instalan en Toulouse, en lo que será su primer convento, al servicio de una predicación diocesana bajo la autoridad del obispo Fulco, que les hace donación de la iglesia de San Román. No sólo combaten la herejía, promueven también la reforma de las costumbres de los fieles, manteniéndose en una intensa dedicación al estudio por voluntad de Domingo. A partir de ahí, durante 1216 él trabaja con los frailes en la elaboración del "libro de las costumbres" o constituciones, que regirá su vida religiosa presidida por la regla de san Agustín, como les había pedido Inocencio III de acuerdo con las prescripciones del concilio IV de Letrán recientemente clausurado. Una regla para él muy familiar desde sus tiempos de canónigo.

Santo Domingo predicandoEn diciembre de ese mismo año consigue del nuevo papa Honorio III la aprobación de las Constituciones de su Orden, que se llamará "de Predicadores", con una función en la Iglesia semejante a la de los obispos, sucesores de los apóstoles. Tendrá en adelante una proyección universal, a partir de un hecho carismático: la dispersión de los frailes en 1217. Es este un gesto audaz de Domingo, que, contra el parecer de diversas personalidades de su tiempo, decide enviar a sus hermanos a París, Bolonia, Roma, España, a "estudiar, predicar y fundar conventos". La razón es inapelable: "El trigo amontonado se pudre; si se dispersa, se vuelve fecundo". Él mismo, en su visita a España entre 1218-1219, funda un monasterio de monjas de Madrid y un convento de frailes en Segovia.

Infatigable en su ardor apostólico, vuelve a Francia, pasa por Toulouse y Prulla y visita a los frailes de París, animando a todos a vivir con fervor su vocación evangélica. Ya en 1220, celebra en Bolonia el primer Capítulo general de la Orden. Al año siguiente funda en Roma las monjas de San Sixto, y emprende una predicación por el norte de Italia a requerimiento del papa. Volverá muy agotado a Bolonia para el segundo Capítulo general, donde se determinará la creación de varias provincias en Italia y otros países. Y allí morirá el 6 de agosto de 1221, rodeado del cariño entrañable de sus frailes, a quienes dirige por última vez un bellísimo sermón, regalo precioso de despedida de quien vivió siempre unido a sus hermanos como servidor de la palabra de Dios.

En 1233, el antiguo cardenal Hugolino, ahora papa con el nombre de Gregorio IX, que había tratado con Domingo como con un amigo, manda constituir dos tribunales, uno en Bolonia y otro en Toulouse, para examinar la ejemplaridad de su vida a partir del testimonio admirado de quienes lo conocieron. El proceso culminará con su canonización en Rieti, el 3 de julio de 1234. La Orden se sabe desde entonces beneficiaria de su promesa en el lecho de muerte: "Os seré más útil después de muerto de lo que lo fui en vida". Sus hijos así lo recuerdan cada día.

 


Fr. Emilio García Álvarez, op
Caleruega, febrero de 2014

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